Centro de Historia de La Playa de Belén
UN PUEBLO Y UNA VIDA EN LA PANTALLA DE LOS RECUERDOS
Entrevista de Guido Pérez Arévalo al escritor Benjamín Pérez Pérez

 

La entrevista fue concedida por el notable escritor al director de "Noticias Playeras", órgano de difusión de la Colonia Playera residente en Bogotá, para las ediciones 5, 6, 7, 8 y 9 de 1974.

La última parte del reportaje no fue publicada por el periódico, porque no volvió a editarse, pero fue recogida en la monografía de La Playa de Belén.

En lenguaje fluido y chispeante, el entrevistado recuerda agradables anécdotas de su tiempo, mezcladas a la ocurrencia histórica del Municipio.

 

 

- Empecemos, don Benjamín

- Comenzaré por el principio. Ha pasado bastante agua bajo los los puentes y se han desprendido muchísimas hojas de los almanaques desde la fecha en que nací en una finquita de la inmediaciones de la población La Playa. Allí transcurrió mi niñez. Era entonces ese paraje un sitio verdaderamente paradisiaco La casa, que todavía existe, estaba rodeada de un tupido bosquecillo de arbustos de cafeto, sombreado de barbatuscos y diversos árboles frutales como mangos, curos, pomarrosos, guayabos y naranjos. Una cantarina toma de agua contribuía a mantener en perenne frescura y lozanía toda aquella hermosa arboleda, pero el hacha, poco atenta a lo virgiliano del paisaje, se encargó de arrasar la atractiva vegetación para abrirles campo a los cultivos de cebolla, menos poéticos, pero más productivos, por su puesto.

- De la mano de Emilio Velásquez hice mi ingreso a la escuela en calidad de asistente debido a mi corta edad. Fue mi primer maestro don Octavio Manzano. Recuerdo que el día de mi debut como escolar, cuando Octavio, corroborando aquello de que "la peor cuña es la del mismo palo" le propinó cuatro soberanos ferulazos a Damián Manzano. Yo salté aterrado a la calle y salí a la estampida como un conejo, hasta que fui alcanzado por el mismo Emilio y devuelto al aula que ostentaba en la puerta un pomposo letrero: Escuela Rural de Varones. Allí, bien o mal habría de cursar los años de primaria.

- ¿Y su entrada al Seminario?

- Se produjo años más tarde, cuando yo contaba diez años de edad, a comienzos de 1925. Un prospecto que casualmente cayó en mi poder me animó a pedirle a mi papá que me matriculara en el Seminario de Ocaña pues yo deseaba vehementemente ser sacerdote. Fuimos en efecto a la ciudad, me examinaron y me admitieron. Posteriormente seguirían mis pasos Alejandrino Pérez, Roberto Claro, Alcides Velásquez. José J. Claro Ovallos, entre otros, quienes si coronaron carrera y son sacerdotes que por su virtud y erudición se han constituido en honra del clero a que pertenecen y orgullo de la tierra que los vio nacer. Casi ocho años permanecí interno hasta que en 1932, una disimulada pero violenta enfermedad que al decir de los médicos sólo me concedería un margen de tres meses más de vida, me obligó a dejar el claustro cuando cursaba precisamente el último año de filosofía. Las puertas me quedaban abiertas. Así me lo dijo el rector, padre Pedro Gelain al despedirme.

Si se tiene en cuenta que el ciclo de estudios, por escasez de clero, era entonces de diez años, concluiremos que estuve muy cerca de la ordenación. Estaría usted confesándose conmigo, mi apreciado Guido, y no yo con usted como lo estoy haciendo ahora

- Y... ¿de nuevo en La Playa?

- Si señor. Volví a mi tierra. Allí llevé en los meses siguientes una vida apacible, dedicado a cooperarle al párroco en lo relativo a los libros parroquiales y especialmente en el coro pues en el seminario me había familiarizado con el manejo del armonio. El método curativo echó pronto por tierra las pesimistas predicciones de los médicos y mi restablecimiento fue completo. De tal suerte que semanas más tarde me encontré, sorprendido y asustado, en la difícil alternativa de regresar al seminario o renunciar a la carrera sacerdotal.

Después de muy detenidas reflexiones escogí lo segundo. Ya una playerita muy bella, de "ojos de dulce pureza", como dijera Gabriel Miró, había hecho tambalear la estructura de mi vocación y en mi mente martillaba la sentencia bíblica: "no se puede servir a dos señores".

Me despojé de la sotana. Era alcalde municipal Antonio Claro Quintero y tenía como secretario a José Antonio Claro. Me invitaron a que quemara mis ratos libres ayudándoles en las labores de oficina y así lo hice durante muchos meses, sin esperar remuneración alguna. Pero en cambio adquirí de la experiencia y buena voluntad de ellos conocimientos muy valiosos en lo administrativo y en lo penal que más tarde me fueron de mucha utilidad.. Pronto José Antonio se cansó de la alcaldía y se dedicó a ejercer la medicina para la cual tenía una disposición innata y asombrosa. Yo ocupé su cargo y lo desempeñé durante algunos años pero con interrupciones. Fui también presidente del Concejo. Por aquella época fundamos don Luis Jesús Pérez y yo un periódico quincenal titulado "Vibraciones". La edición fue hecha en Ocaña por don Luis Sánchez Rizo, quien además de intelectual muy respetado era todo un artista en artes gráficas. Resultó muy bella y de contenido muy variado y agradable y como consecuencia recibimos de Cúcuta y Bogotá generosos mensajes de estímulo.

El periódico fue distribuido en La Playa en forma gratuita un domingo a salida de de misa mayor. Circunstancia que aprovechamos para solicitar quienes lo recibían, una ayuda mínima para financiar el segundo número. No encontramos respaldo. Antes bien nos premiaron con una que otra frase destemplada y el entusiasmo se me fue a los talones. "Vibraciones" no volvió a aparecer. Esto dio pie a don Santiago Durán a que con su espontaneidad para versificar y su desenfadada locuacidad, me endilgara la siguiente copla:

Un periodista en La Playa
se quedó con el primero:
o es que mentiras no halla
o que le falta dinero.

Obsérvese que la métrica es perfecta.

Con motivo de la primera misa cantada del padre Velásquez, visitó a La Playa Monseñor Luis García Benítez. Monseñor, entusiasmado por una actuación mía, ofreció costearme estudios en la universidad Javeriana y hasta se adelantó entregándome una carta de presentación y de garantía para el padre Félix Restrepo. "¿Y con Sarita Vega, qué hago? ". Le pregunté tímidamente. "La hacemos nombrar maestra de escuela, mientras tanto", me respondió. Ese mientras tanto equivalía a seis años de espera. Y preferí casarme con Sarita Vega y desistir de la universidad. Pero como que me estoy extendiendo demasiado. ¿No cree?

- Continúe. Nos queda todavía espacio.

- Bien. Quiero, antes de que se me olvide, hacer resaltar un detalle. Y es, como la acción comunal, tan en boga y tan cacareada hoy día, se adelantó en La Playa cuarenta años por lo menos y se puso en práctica allí con positivos resultados antes que en cualquier municipio colombiano. Al pueblo había llegado el alcalde don Sixto Barriga Pérez. Este señor, por razones políticas duró poco en el empleo, pero se radicó en el lugar y continuó desempeñando funciones públicas como personero. El municipio afrontaba por aquel tiempo una penuria fiscal alarmante. Pensar en la ayuda de parte del Departamento o de la Nación, era una utopía. Esperar contra toda esperanza, ya que el partido dominante en el gobierno no rezaba el mismo credo que rezamos los playeros.

 
En la esquina del parque se observan dos niños, con sus carritos de madera, recogiendo agua del único grifo que existía en la población.

Don Sixto, dotado de un gran don de gentes y de una admirable facultad de persuasión, obtuvo la colaboración necesaria en dinero y mano de obra, y no solo de los habitantes del pueblo sino también de las veredas cercanas.

Y así inició y llevó a término la construcción del acueducto de "La Musiquita", por medio del cual se trajo hasta la plaza el agua potable más transparente y más fresca que yo haya conocido y que abasteció a la población por muchos años. Construyó también los camellones que enmarcan el parque y levantó en el centro una columna dándole así un aspecto nuevo y atractivo a lo que antes era un arenal donde picoteaban las gallinas.

Cooperó en la edificación del templo parroquial, espacioso y moderno, orgullo de propios y admiración de extraños. Esta obra estuvo dirigida con acierto y constancia por el presbítero Elberto Sarmiento.

A la realización de todas estas iniciativas de progreso sumaron sus esfuerzos con cívico interés, patriarcas como don Francisco Arévalo -ya fallecido, ante cuyo nombre me inclino reverente-, don Ramón Ovallos, don Ismael Arévalo, don Emeterio Claro, don Domingo Pérez, don Pacho Pérez, don Antonio Pacheco, y otros que escapan por el momento a mi memoria, todos modelos de hombría de bien y de acrisoladas convicciones cristianas.

Don Sixto acometió también, empleando siempre el sistema de acción comunal, la apertura de la carretera a Ocaña por la vía El Juaguito-La Cuchilla-La Ermita.

No se contaba con otro medio de comunicación terrestre, que un escarpado camino de herradura por la ruta de Las Liscas.

La proyectada carretera es una diagonal que al ser realizada pondría a La Playa a treinta minutos de Ocaña, a lo sumo.

La falta de dinamita paralizó esta obra en el primer sector rocoso que halló a su paso cerca del "Cerro de los Cristales".

Creo que fue por esta época que circuló un periodiquito titulado "El Terruño", dirigido por don Carlos Daniel Luna, también playero, maestro de escuela, joven muy correcto y de apreciables aptitudes literarias. Carlos Daniel estudió en el colegio "José Eusebio Caro", fue diputado a la Asamblea Departamental y le sirvió a su pueblo con cariño hasta donde las circunstancias se lo permitieron. Hoy ocupa un lugar importante en el Ministerio de Obras Públicas.

 

 

De "El Terruño" aparecieron varios números. Desafortunadamente no conservo de ellos un solo ejemplar.

No he mencionado en este recorrido al padre Ángel Cortés. Pero me propongo, contando con la hospitalidad de "Noticias Playeras", escribir un articulo para exaltar la memoria de ese venerable sacerdote que tanto bien le hizo a la región.

- Dijo usted que no se contaba con otro medio de comunicación terrestre que un mal camino de herradura. ¿La Playa, entonces, se encontraba bloqueada?

- Exactamente. Como todos pueblos de la Provincia. Los primeros en comunicarse por ruedas con Ocaña fueron, Convención, que figuraba como objetivo inmediato del programa "Carretera a los pueblos"; y Ábrego, en dirección inversa, privilegiadamente situado al paso de la Central del Norte (Sector 4o.). En aquel tiempo era más complicado trasladarse de La Playa -o de Ocaña- a Cúcuta, que hoy de Bogotá a París. Porque el recorrido si uno no se arriesgaba a hacerlo por el camino de herradura, tenía que realizarlo en varias etapas que podían comprender una semana, así: de Ocaña a Gamarra, en cable aéreo, siete horas aproximadamente; de este puerto a Wilches, uno a dos días de navegación según el barco que acertara a subir. Los barcos de carga, por ejemplo, propulsando tres o cuatro planchones resultaban de una desesperante lentitud. De Wilches a Bucaramanga, en autoferro, saliendo al amanecer para llegar por la tarde. Y finalmente de esta ciudad a Cúcuta en bus, en una no muy confortable jornada de unas doce horas de duración, por una carretera destapada, frecuentemente obstruida por los derrumbes. Pero si el supuesto viajero no contaba con el dinero suficiente para darse ese lujo y tenía en cambio alma de torero, hacía el recorrido por el camino de herradura en cuatro etapas: Una a Puente Reyes, la otra a El Placer, adelante de Villacaro - después de haber traspasado el páramo de Bucarasica- y la tercera a la población de Gramalote, donde al día siguiente tomaba muy temprano el bus que en tres horas lo conduciría a Cúcuta. Constituía de verdad un riesgo cumplir este itinerario pues la ruta era muy escarpada, semejante en algunos trayectos a una escalera, el tiempo regularmente tormentoso y no había posada que no fuese increíblemente inmunda. Ojalá tuviera uno la fortuna de unirse a una caravana de arrieros. De todas maneras se llegaba a la capital con ampollas en las plantas pues la enclenque cabalgadura que se lograra fletar no arriscaba a terminar la segunda etapa y había que devolverla con el correo que invariablemente se hallaba de regreso y siempre andaba de a pie con su fardo de correspondencia a las espaldas. Pero la magnificencia del paisaje que ofrece el valle de Cúcuta, en contraste con la accidentada geografía ocañera, el deslumbrante aspecto de la Perla del Norte y el cambio de ambiente compensaban con creces las penalidades sufridas. Varias veces hice este recorrido en esas penosas condiciones y le cuento que en la última, ya de vuelta a mi tierra cerca de Ábrego, me sorprendió una violenta tempestad en un cerro desierto cuyo nombre no recuerdo, y tuve que botarme al suelo y permanecer allí tendido bocabajo soportando agua y granizo no sé por cuanto tiempo, para evitar ser fulminado por un rayo, pues las descargas eléctricas contra la pelada montaña se sucedían como ráfagas de ametralladora.

- Admirable. Creo, sin embargo, que a pesar de ese aislamiento, nuestro pueblo ya en esa época disfrutaba de la novedad del automóvil. ¿O fue después?

- Efectivamente, Guido. Aunque no determinemos fechas. Sin vislumbrar ni en sueños la carretera, los apreciados comerciantes Ismael y Francisco Arévalo realizaron la quijotesca empresa de llevar a La Playa el primer automóvil y ponerlo al servicio del público. Era un carrito Ford, de cuatro cilindros. Fue transportado por piezas, a pulso y hombro, al sitio de Chapinero, junto al río Algodonal, donde lo armó un mecánico venezolano muy hábil de nombre Miguel Becerra, quien meses después se casó en La Playa con Débora Pérez. De Chapinero al pueblo el carro viajó sobre sus cuatro ruedas aprovechando como carreteable el amplio y seco playón que recorre esa zona y que entonces se convirtió en soñada autopista de recreo durante las temporadas de verano. Había que observar la maliciosa sonrisa del chofer Becerra, cuando las muchachas playeras deseosas de experimentar las emociones de un paseo en Ford, le preguntaban ingenua y mimosamente. "¿Por cuánto nos da una montadita?"

- Mire usted como se forma la historia de los pueblos. De detalles simples pero encantadores por su misma sencillez. Dignos de figurar en una monografía.

- Eso. Y ya que oprimió ese botón, le informo que Monseñor García Benítez, aprovechando una temporada en que tuvo a su cargo el curato, escribió la "Monografía de la Parroquia de La Playa", la que fue publicada por entregas en el "Boletín Diocesano" de Santa Marta. En esa obrita, Monseñor presenta como fundadores a María Claro de Sanguino y Juan Esteban Vega, lo cual no contradice lo que acerca de lo mismo afirma don Justiniano J. Páez en su bien documentado libro "Noticias históricas de la ciudad y Provincia de Ocana". Valdría la pena localizarla. Como también un escrito, muy ordenado de excelentes gráficas, aparecido en el magazine bogotano "Mundo al día", por allá en el segundo semestre de 1925. Su autor si no estoy mal de recuerdos, fue el joven sacerdote eudista Carlos Piedrahita Vásquez, primo de un controvertido odontólogo que tuvo Ocaña, Ismael Vásquez Yepes. Igualmente, el rector del seminario, padre (Gelain, impresionado por la majestuosidad de los estoraques, le dedicó a La Playa una página más bien lírica en la revista de "Los Sagrados Corazones de Jesús y María" también bogotana. Considero justo anotar que la instalación del telégrafo se obtuvo fácilmente por mediación del señor Obispo ante su hermano el doctor Jesús Garcia Benitez. ministro de Correos y Telégrafos en la ya decadente hegemonía conservadora. Le hablaré ahora un poco de mí mismo

- Adelante, lo escucho con interés.

De sorpresa recibí de la alcaldía de Convención, la llamada de un buen amigo, Manuel Enrique Rizo. con quien yo había trabajado como secretario. Estaba él comisionado para ofrecerme un importante cargo, en el ramo laboral, en h South American Gulf, empresa que construía para la Colombian Petroleum el oleoducto que va de Tibú a Coveñas. Sin meditarlo un minuto viajé en seguida llevándome de una vez a mi mujer y a la primera hijita que ya daba los primeros pasos. Convención estaba convertida en un hervidero humano. Atravesaba la época de las vacas gordas. En sus calles se escuchaban diversos idiomas y en las cantinas los campesinos borrachos convertidos en obreros de la Gulf despilfarraban el dinero sin conciencia, cometiendo extravagancias como las de rociar los pisos con Whisky y brindar cigarrillos americanos entre los presentes para después ofrecerles el fuego con la llama prendida en billetes de cien pesos que en esa época equivalían a un dineral. Está de sobra anotar que abundaban las rameras de segunda y de tercera, que acudieron en enjambres de ciudades de la costa y del interior, que lógicamente no debieron de perder el tiempo. La criminalidad también hizo su aparición exhibiendo modalidades que hasta entonces habían sido desconocidas en la región.

La compañía me envió al campamento de El Tarra donde estaba el centro de actividades. Bella comarca. La forma un amplio valle, por donde se desliza mansamente el río. ya navegable en canoa, aparentemente inofensivo pero muy peligroso. La selva es fascinante. El clima caliente pero húmedo en la noche debido a la invasión de una niebla densa y pertinaz. Las tormentas que allí se desatan son de una aterradora belleza. Aquella concentración si era de verdad una torre de Babel donde se oía hablar inglés, alemán, italiano, chino, japonés y a ratos castellano. Se trabajaba en todos los frentes a un ritmo tal que hacía perder la noción del tiempo. En las oficinas se despachaba desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche con algunos intervalos de descanso. Disponíamos, eso, si de maravillosos equipos de escritorio estábamos bien alimentados y las instalaciones eran espaciosas y confortables. Me acomodé al trabajo fácilmente , me adapté a los compañeros, a todo... menos a la ausencia de mi esposa y de mi hija a quienes no había podido llevar hasta allí. Los reglamentos no lo permitían. Contra tres enemigos ocultos estábamos constantemente prevenidos: las paletillas o flechas de los indios motilones, la serpiente cascabel y el paludismo. No tardé en convencerme de que aquel paraíso del trópico, en el fondo no era sino el umbral del cementerio. Tal vez no me equivoco si digo que más de cien mil obreros quedaron sepultados a la sombra de las majestuosas ceibas, aniquilados por fiebres fulminantes y desconocidas. A pesar de la dosis diaria de quinina, yo también me sentí muy pronto atacado por el paludismo. Me negué a hospitalizarme. Renuncié al cargo y a las prestaciones médicas y regresé a Convención. Unos meses después enflaquecido y pálido como un cirio por el constante uso de la atebrina, recogí lo poco que me quedaba y con la mujer y la hija me encaminé a Bogotápor la vía de Gamarra. No podía convenir en que me tocara volver derrotado a mi tierra natal.

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- Quedamos en que se trasladó a Bogotá.

- En esta ciudad tal vez a causa de la brusca transición de clima, mi enfermedad se recrudeció. En una residencia familiar tomé en arrendamiento una pieza amoblada por la suma de sesenta pesos mensuales incluyendo la alimentación para dos y los correspondientes servicios. La circunstancia de que hubiese cancelado anticipadamente la primera obligación y el rumor de que procedía de una compañía petrolera me crearon cierta reputación de persona acaudalada que me puso a salvo de las desagradables cobranzas con que la dueña despertaba todas las mañanas a los demás huéspedes, en su mayoría universitarios. En las primeras semanas me limité a vivir dentro de las cuatro paredes de mi habitación ignorando lo que pasaba por fuera. Cada tercer día a las diez me llegaba con cronométrica precisión el ataque de los fríos. El resto del tiempo lo transcurría envuelto en la densa bruma de una fiebre de más de cuarenta grados, soñando que escalaba los desfiladeros de Puente Reyes, rumbo a Paramillo, quemándome de sed, mientras en las laderas de enfrente, con el cañón del río Tarra de por medio, espumosas cascadas de agua se despeñaban con agradable estrépito. Mi mujer, en avanzado atado de embarazo, permanecía abnegadamente a mi lado empleando su tiempo en el cuidado de nuestra niña o en ponerme en la frente compresas de agua fría mezclada con alcohol para hacer descender mi temperatura. No se me ocurrió buscar médico ni traté de hospitalizarme. No podía dejarla a ella sola en la condiciones en que se hallaba. Me ceñí a seguir las indicaciones y a tomar las medicinas que de paso en Ocaña me había formulado un excelente farmaceuta, don Clemente Pérez Ocón. No se si fueron las plegarias que entre sollozos musitaba mi esposa, las ventajas del clima o las medicinas las que lograron el milagro. Lo cierto es que la recuperación no se hizo esperar. Las temidas convulsiones ocasionadas por los ataques de paludismo no volvieron a presentarse, la fiebre desapareció como por ensalmo y recobré poco a poco el apetito. Pude entonces salir diariamente a recibir algo de sol, regularmente al Parque Nacional, donde a veces me entretenía contemplando con nostalgia la región de Ocaña representada en un gran mapa de alto relieve que allí todavía existe en una plataforma. En el periódico consultaba los programas que ofrecía la Banda Nacional y me iba a escucharlos con embeleso. Olvidaba mis problemas oyendo "Mañana, tarde y noche en Viena", "Tannhauser" o "Guillermo Tell" en interpretaciones magistralmente dirigidas por el maestro José Rozo Contreras.

En mi condición de convaleciente era quemar tiempo en balde tratar de conseguir trabajo. Sin embargo, me dediqué a ello pero con resultados negativos. Hondamente preocupado pero animado por una incierta esperanza compraba de vez en cuando una fracción de lotería y me iba al Voto Nacional a implorarle al beato Antonio María Claret el arreglo de mi situación económica que cada día se tomaba más confusa. Ignoro si el santo me hizo el favor en otro sentido o no entendió mi idioma. Pero resultó que por el lado de la lotería no pesqué ni la última cifra. En estas difíciles circunstancias nació mi segunda hija.

- Dramática situación.

- Algo más que dramática, apreciado Guido. Ese es capítulo aparte que parece haber sido tomado de una novela. Estábamos en semana santa y quise hacer bautizar a la niña antes de que mi averiada economía tocara fondo. Y fui a la universidad Javeriana a buscar de padrino a un estudiante al que había tratado casualmente en Ocaña pero que me inspiraba confianza y simpatía.

 

 

Mi mujer se expresaba de él con mucho cariño y entusiasmo y eso me animó. Pero no lo encontré. Se hallaba en vacaciones en Bosa. Ese estudiante era Lucio Pabón Núñez que más tarde habría de ser un verdadero amigo, a quien debo espontáneos v señalados favores, como también distinciones, a quien le guardo la más viva gratitud y el más acendrado afecto.

Tenía, pues, a mi cargo a mi mujer y dos hijas. Estas dos niñas, entonces en la cuna, conformarían años más tarde el dueto de "Las Hermanitas Pérez" que haría vibrar de emoción al sorprendido público capitalino con sus actuaciones por radio, en los discos y en la televisión. Una mañana, "de mayo por cierto", como dice la canción, prometiéndole reponérselo en primera oportunidad, despojé a mi esposa de su anillo matrimonial y junto con el mío corrí a venderlo en una joyería. Necesitaba comprar un tarro de lactógeno para la recién nacida y no tenia con qué. Hacía cerca un mes cargaba en mi cartera, como un talismán, una monedita cinco centavos, símbolo de aquello que llaman don dinero. La situación era ya insostenible. El agua llegaba al cuello. Nunca antes me había visto atrapado en semejante tremedal.

No me explico cómo ni por qué fui a dar en las primeras horas de la tarde a la Administración Postal, a la oficina de giros. ¿A cobrar qué y proveniente de dónde? Hice cola detrás de otros solicitantes. Estos iban saliendo uno a uno, cabizbajos, descorazonados por la respuesta del empleado: "no ha llegado nada". Solamente un señor que me antecedía no había perdido el viaje. Recibió mil pesos. ¡Mil pesos! Y en esa época. ¡Si fuera carterista!... me fulguró la idea como una centella.

 

Desde luego contra mis principios y contra mi voluntad misma. El tipo contó parsimoniosamente los billetes y como si yo le hubiera transmitido mi diabólico pensamiento se volvió hacia mi y manifestó: "de esto no me queda ni un centavo. Todo se está debiendo". Yo me acerqué a la ventanilla y pregunté con timidez, quizás con abatimiento: "¿Tendré por aquí un giro?" "¿Cómo se llama usted y de dónde lo espera?". Le di los datos. El empleado repasó varias veces el legajo de comunicaciones que tenía sobre el escritorio y me dijo: "No señor. Tampoco le ha llegado nada". Claro, pensé. No podía ser de otra manera. Ya iba alejándome cuando él me gritó: "Oiga. Vuelva. ¿Cómo me dijo que se llamaba?" "Pérez... Benjamín Pérez. De Ocaña", respondí con ansiedad. "Espere. Creo que tengo algo para usted". Abrió una gaveta y examinó unos cuantos papeles que parecían estar ya archivados. "Si señor. Tiene cien pesos. Se los envió José Dolores Pérez. Esto llegó hace semanas. Preste acá su cédula". Cien pesos. ¡Alabado sea Dios! Y me los giraba mi papá. Yo le había dejado una máquina "Singer" en consignación. Ahora recordaba. Tembloroso por la emoción guardé el dinero llevándome por delante a todo el que se me atravesaba en la calle regresé al hotel. Le pagué a la patrona un saldo que le adeudaba y entré después a la habitación como una tromba. "Empaque reina, pero prontico" le grité casi a mi mujer. "¿Y eso?", me dijo dilatando los ojos "Nos vamos" "¿Para dónde?". Preguntó sorprendida. "Por lo pronto para Barbosa en ferrocarril esta noche. Y de ahí, mañana en carro para Bucaramanga. "¿Y luego?" Y los ojos se le llenaron de lágrimas. "Luego empaque. empaque", exclamé eufórico. "La estrella de Belén indicará el resto''.

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- Como decíamos ayer, don Benjamín...

Si, Guido. Como decíamos ayer. Esa misma noche salí con mi pequeña familia y el equipaje de que disponía hacia Bucaramanga por la vía de Barbosa. Tres días más tarde estábamos en Puerto Wilches donde abordamos una lancha que nos condujo a Gamarra. La tarde en que llegué a ese puerto me quedé contemplando con emoción las gruesas y potentes lineas del cable aéreo, en ese momento quietas, que de torre en torre se extendían orientadas hacia la cordillera, perdiéndose en la distancia. Por aquel fantástico e impresionante transporte habríamos de viajar al día siguiente a la meta anhelada: Ocaña, nuestra tierra de promisión.

El cable aéreo. Necesitaría alargarme demasiado para explicar como se hacía un viaje en esa clase de vehículo. Ya relaté uno igual con abundancia de pormenores en mi libro "El malabar blanco", con el ánimo de rescatar del pasado esas emocionantes experiencias que vivimos los habitantes de la Provincia de Ocaña en aquellos tiempos. Por lo pronto agregaré que el recorrido se hacía en siete horas aproximadamente, a una velocidad apacible de treinta kilómetros, en vagonetas de seis puestos y que la ruta ofrecía cautivadores contrastes, algunos de aterradora grandeza. Llegamos a Ocaña en una tarde brumal. Nada nuevo me ofrecía el paisaje. Las misma recuas de burros que salían de Las Llanadas después de haber dejado sus hatillos de leña de guayabo arrayán, los mismos camiones destartalados que venían de la Piñuela a depositar los bultos de café y de cebolla en las bodegas de la estación, el viejo Toscano con su chiva negra que semejaba un carro fúnebre y que tenía un pito de sonido ronco que los pegotes de la localidad imitaban con un "te lo jurga" el invariable chofer Forgioni que me saludó con lacónico "¡Hola! cómo te va", ignorando que yo venía de la capital de la república y que me parecía haberme ausentado hacía muchísimos años de la tierra encantada. Pero ahí tenía yo a Ocaña y el pecho se me ensanchaba de agitación.

Esa noche fui a casa de Manuel Enrique Rizo a saludarlo. Era el alcalde. "Me caes de perlas", me dijo sin ocultar su alegría. "¿Por qué?" "Porque hoy me renunció el secretario. Cree que es indispensable. Te ofrezco el cargo". "Pero aquí la cosa es distinta". Le repliqué un poco indeciso. "Yo no soy del partido gobernante. Vos lo sabés". "Déjate de pedejadas. Te necesito. Acepta". Y acepté.

Pero la duración de mi ejercicio como secretario fue tan efímera como la del general Quintero Calderón en la presidencia de la república. Mi presencia en la alcaldía provocó un solemne ventisquero en el quisquilloso y extravagante regionalismo local. Algo así como esas turbulencias que imprevistamente se forman en una esquina y levantan con violencia polvo, hojas secas, pedazos de papel, destrozan vidrios y hacen chocar con estruendo las hojas de las ventanas. El caso fue hasta la gobernación. Renuncié a los veinticinco días para evitarle problemas al amigo Rizo y la comunicación fue ceremoniosamente leída por radio al público por Jorge Tacilla, quien era empleado de la alcaldía y a la vez speaker de una emisora que había construido Luis Lineros valiéndose de tubos y repuestos de receptores viejos, tarros, tuercas y tornillos caseros. Pero se captaba hasta en la Ermita y en Río de Oro.

Me establecí de nuevo en La Playa. La satisfacción de verme otra vez en mi tierra después de las angustias padecidas, se nublaba no obstante con una inquietud. No podía atenerme del todo al pasaje evangélico: "No os inquietéis por vuestra vida sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad como las aves del cielo no siembran ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?". Contaba con el apoyo de mis padres por lo menos para lo esencial era cierto. Pero "el que se casa, casa quiere". Tomé una en arrendamiento, por cuatro pesos mensuales, bastante fría, y a la entrada del pueblo, casi enfrente de otra casa conocida como la de "la tenería", que fue de mi abuelo Atanasio, en la que funcionó un embeleco de factoría de gusanos de seda.

- ¡Cómo! ¿Gusanos de seda?

- Tal como suena, Guido. Gusanos de seda de origen genuinamente chino. Yo los conocí todavía muy niño y me embelesé observándolos en su producción de hilos de colores muy bellos. Amarillos, azules, rojos y verdes, en fin, toda una policromía.

- Que interésame. No lo sabía. Ya que ha tocado el tema, ¿podría ampliarlo?

Con mucho gusto. Retrocederé en el tiempo unos cuantos lustros para destacar esos episodios de nuestra historia que parecen estar olvidados o no son conocidos. En nuestra incipiente población por allá en 1920 se había establecido un dentista antioqueño de apellido Hoyos. Estudió en los Estados Unidos y de allá le llegaban con frecuencia paquetes de revistas en inglés. Presumo que en inglés, por el país de origen y porque yo al hojearlas tenía que contentarme con examinar las gráficas o monigotes; pues en cuanto a la escritura... no era igual a la que me había enseñado don Octavio Manzano. No me explico de qué vivía el profesional, en un pueblo en donde el que padecía un dolor de muela corría a donde Bernardino Pérez a que se la rezara. Y si por excepción acudía al dentista era para que le vendiera un poquito de dentrífico con el que taponaba después el hueco del molar cariado. Yo también fui víctima a mi edad de los misteriosos orificios de don Berna. Y en muchas ocasiones me provocó aplicarle un soberano mordisco en el sucio y grueso dedo que él me introducía en la boca mientras formulaba no sé qué fórmulas de aquelarre; un dedo de sabor a sal y cebolla recién arrancada y hediondo a ambir de tabaco criollo. El doctor Hoyos persuadió al abuelo Atanasio a que se embarcara en la quimera de la sericultura. Mi abuelo era todo un patriarca. Muy severo y de un ceño adusto como el que presenta el padre García Herreros en la televisión. El primer paso fue poblar todo el terreno de morera, árbol de fácil desarrollo, nada exigente al riego y cuyas hojas grandes, frescas, suaves y ligeramente corrugadas, deberían constituir el alimento de los gusanos. Luego, en un salón bien ventilado, se instaló el andamiaje compuesto de estantes abiertos, varias plataformas superpuestas en las que habrían de vegetar las orugas. Y por último llegaron los huevos o semillas. Nacieron los gusanos. Semanas después, aquellos estantes parecidos a catres de cuartel, eran la más bella exhibición de hilos y de capullos multicolores. A mí, a pesar de mis seis años pero investido del privilegio de ser nieto del socio de la plata, se me dejaba entrar en el local con la condición de no hacer el mínimo ruido ni con el movimiento de los pies. Qué bulla iba yo a producir descalzo y con el asombro pintado en los ojos. Ni saltamontes hubiera advertido mi presencia.

En una ocasión encontré novedades. Las mariposas. El doctor había dispuesto dejar nacer algunas para asegurar una constante provisión de huevos. Pero me decepcionaron. Eran de un color gris pálido y de antenas peludas. Qué distintas las había imaginado. Cualquier día el odontólogo resolvió enfilar su proa hacía otras tierras. No se llevó nada ajeno, ni le quedó debiendo dinero a nadie, que yo sepa. Pero la industria ele la seda en La Playa se paralizó y se extinguió sin haber llegado a producir siquiera un par de cordones para escapularios. No sé si existe todavía algún ejemplar de morera como mudo testigo de aquella fracasada aventura.

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- Me hablaba de los gusanos de seda...

Cierto, Guido. Y con lo dicho creo que puedo cerrar ese pintoresco capítulo de la historia de nuestro pueblo que en esa época transcurría en forma ingenua, sin complicaciones ni sofisticadas etiquetas. Trataré entonces de anudar los cabos de mi relato. Volví, pues, a La Playa un poco receloso, no muy confiado que diga en el pasaje evangélico. Pero no tuve que reflexionar mucho para resolver el problema de la subsistencia. Las oportunidades se presentaron a la puerta. A la gente que habita en el valle de La Playa no le gusta pleitear. Prefiere, si es el caso, desistir de las pretensiones a cambio de vivir en paz con los vecinos. No proceden igual los que viven en las regiones montañosas. Pero antes de echarte mano al machete o al revolver para dirimir los desacuerdos, casi siempre originados en linderos o aprovechamientos de aguas, solicitan el arbitramento de las autoridades. Y así me constituí de la noche a la mañana en el apoderado de ellos. Por estos servicios cobraba cantidades razonables, que pagaban sin regatear y que me permitían vivir con mas comodidad en un medio que no era muy exigente. Bastante hábil en el manejo de la aguja hipodérmica servía gratuitamente como practicante pues en la localidad no había siquiera una enfermera. O preparaba en la alcaldía cédulas de ciudadanía para los copartidartos que de apartadas veredas del municipio acudían a conseguir dicho documento. Como los rituales alcaldes y secretarios no siempre eran conocedores del procedimiento penal, recurrían a mí para que los orientara, circunstancias que me concedían algún ascendiente en la administración. Y no lo digo por chiste. Pero a veces me planteaban casos que ellos consideraban como un verdadero rompecabezas y que yo encontraba muy divertidos. Por ejemplo: un tunalero había sido denunciado por haber matado de un disparo de escopeta la vaca de un colindante, en su propio maizal. ¿Sería indispensable solicitar a Ocaña el envío del médico legista para que practicara la autopsia? Pero ya la res había sido descuartizada y la carne estaba siendo vendida en la pesa local.

Apoyado en los firmes conocimientos musicales que había adquirido en el Seminario, me dediqué al estudio de la guitarra siguiendo el método de Tárrega, del cual alcancé a recorrer el primer volumen. Casi de manera espontánea se formó un conjunto de cuerdas integrado por Carlos Rizo, el mejor ejecutante de bandola que ha oído toda esa Provincia. Julián y Modesto Arenas, magistrales en el manejo del tiple y yo con la negra, una maravillosa guitarra como un piano, que hoy, sin clavijero y con los aros destrozados se encuentra abandonada en una cocina vieja en la casa que fue de mis padres. Con frecuencia se nos unían Mincho Claro y Jesús Bayona con sus flautas o Carlos Daniel Luna con el violín. Considero que fuimos factores decisivos en el cambio de las rigurosas costumbres que prevalecían en el pueblo por un ambiente de amable y jacarandosa frivolidad en el que se realizaban bailes, reuniones matizadas de canciones y chistes, sancochos campestres y serenatas ¡O témpora! ¡O mores! exclamo yo en sentido inverso al que le dio Cicerón.

Ya en esa época había servicio de automóvil entre Ocaña y La Playa, sujeto a los caprichos del tiempo y en aparatos no propiamente lujosos. Pero aquello representaba una conquista. Arriesgados choferes siguiendo la carretera que pasa por Chapinero hacia Ábrego y aprovechando el cauce seco, amplio y arenoso del playón, después de vadear el río Algodonal, naturalmente, arribaron al pueblo con sus ruidosos carritos Ford, modelo 28. El pionero fue Concho Claro. Detrás llegaron Carruncha. Roño, Ulises Alvarez. Ellos fueron para el transporte motorizado en La Playa, guardadas la proporciones, algo así como Camilo Daza y Herbert Boy en la aviación colombiana.

El primer receptor de radio que se conoció en el pueblo era un zenith de pila que fue instalado con alegre alboroto en la casa liberal. Su existencia fue efímera. Trabajó hasta que se descargó el voluminoso y pesado acumulador que lo activaba. Don Toño Pacheco estrenó posteriormente otro aparato en su establecimiento de billar que contaba ya con planta propia. Prestó con esto un gran servicio a la comunidad que con este medio no solo se divertía con las novedades musicales de Bogotá y Caracas sino que se informaba de todo cuanto a diario acontecía en el país y en el mundo. Curiosamente la atención de los playeros permanecía electrizada por el radio periódico bogotano "Ultimas noticias" de Rómulo Guzmán.

Años antes se había desintegrado la banda de músicos, compuesta la mayor parte por los hermanos Pacho, Luciano, Higinio y Emiliano Álvarez. Alfonso Durán y otros residentes en la cercana fracción de Patatoque. Los poblanos con el incisivo buen humor de que siempre han hecho gala, la apodaban la "Pateadora" por la costumbre que tenían los músicos de marcar el compás con el pie mientras tocaban. Con su desaparición fue necesario recurrir a la banda de Buenavista para darles realce a las fiestas patronales y a las temporadas navideñas. De esta necesidad nació la iniciativa de organizar una agrupación musical propia. En ello puso todo su empeño el cura párroco, padre Elberto Sarmiento, quien negoció los instrumentos en Convención. Como instructor fue contratado, si la memoria no me falla, un señor Patiño de Loma de González. La nueva banda quedó constituida por Benjamín, Juan de Dios y Manuel Claro, Julián Arenas, Jesús Bayona y no recuerdo quienes más. Si hago mención de estos pormenores es por rendirles un modesto homenaje a quienes contribuyeron con mucho o con poco, según sus recursos, a fomentar el progreso de esa región, tan huérfana entonces del apoyo del departamento y la nación.

Cualquier día alguien llegó con la noticia de que en el puerto de Gamarra estaban abandonadas a la intemperie unas enormes cajas que un buque de la Naviera había descargado allí, dirigidas al personero municipal de La Playa. Efectivamente, se trataba de una planta hidroeléctrica que el municipio. sin estudios preliminares, había negociado a crédito con una fábrica italiana. A duras penas pudo el fisco municipal financiar los ciento treinta y cinco pesos que el cable aéreo cobraba por transportarla a Ocaña. De allí la trasladó hasta La Playa Ricardo Trillos en un potente camión. El salón del Concejo sirvió de bodega para guardar aquellas cajas que contenían dinamo, turbina, tablero, tubería, bombillos, alambre de conducción y hasta herramientas. Allí habría de permanecer inactiva por mucho tiempo aquella valiosa maquinaria pues la región no cuenta con agua suficiente para impulsar una planta de esa capacidad. Se habló de una alternativa: el río Algodonal o el Borra. Espejismos. ¿De dónde iba a salir dinero para ejecutar tan costosa instalación?

Como Colombia rompió relaciones diplomáticas con el Eje y los bienes que tenían los italianos y alemanes en nuestro país les fueron confiscados, nadie volvió a preocuparse por esta negociación.

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- ¿Qué pasó, entonces?

La planta fue vendida años más tarde al municipio de Cáchira cuya hidrografía debe brindar mejores recursos para empresas de esa naturaleza. Como usted bien sabe, hay día La Playa y su valle disfrutan de un eficiente servicio eléctrico que presta sin interrupción y a bajo costo la termoeléctrica de Tibú.

- De todos estos aspectos se va formando la historia de los pueblos. Sigamos con la nuestra, don Benjamín.

- En efecto. Y creo que mis recuerdos darían material para un libro. Quizás más tarde los amplíe y les adicione nuevos episodios. ¿Sabe usted? Algo que me ha sorprendido gratamente en La Playa es la innata aptitud artística y el humorismo espontáneo, mordiente a veces, que he observado en la gente de la región. Y estas cualidades se acentúan con más evidencia en determinados apellidos.

Don Trino Arenas, por ejemplo, era oriundo de San Gil. No sé cómo y por qué, en una época en que no había medios de comunicación, y aun más, en la que nuestro pueblo, entonces naciente aldea, no ofrecía atractivos que estimularan en lo agrícola o en lo minero la afluencia de personas extrañas, él vino de tan lejos, se residenció allí y allí se casó. El matrimonio tuvo muchos hijos que posteriormente fueron troncos de familias muy honorables y de natural disposición para la música, la pintura y aún para la escena: Emilia, Sotera, Visitación -mi abuela paterna-, Leonor, Pacho y Gratiniano. Todos en sus buenos tiempos ejecutaban con mucha habilidad el tiple y el acordeón, pero me referiré, en especial, a Pacho Arenas, quien por muchos, muchísimos años, fue el organista titular de la parroquia. Este hombre alto, corpulento, rubio, de ojos azules y dotado de una bien afinada voz de bajo. manejaba el armonio con una maestría que hoy necesariamente evoco cuando escucho al pianista Oriol Rangel en la televisión. El escenario, desde luego, era la iglesia, en las misas dominicales. Durante los intermedios de silencio que la liturgia ofrecía entonces en el ofertorio de la consagración, Pacho quebraba la majestuosa calma del sagrado recinto, alborotando el ambiente con un alegre pasillo o un bambuco fiestero que indudablemente en vez de inspirar místicos arrobos en los devotos asistentes debían de inflamar los corazones y despertar mundanos arrebatos especialmente entre los hombres a la vista de las apacibles playeritas de ondulantes cabelleras y dóciles cinturas, acaso no esquivas para el baile. ¿Quién hizo de Pacho Arenas un virtuoso del teclado o quién le transmitió ese valioso acervo de melodías folklóricas que podrían figurar con todo mérito en una buena antología musical? Nunca se me ocurrió preguntárselo.

En cuanto a Gratiniano, era, además de buen ejecutante del tiple, dicharachero y tomatrago. En sus labios afloraban con espontaneidad los gracejos y los picantes "calemboures" que él dosificaba según el auditorio que lo rodeaba. Uno no sabía si lo que hablaba venía en serio o iba en broma. Sentado una vez en el mostrador de una tienda mientras sostenía en alto en una mano un vaso con un doble aguardiente, como queriendo dilatar el goce que el licor habría de producirle, nos refería con gracia inigualable, una de sus muchas anécdotas, real o imaginaria:

"¿Pues saben bien? La otra noche salí muy jumao de donde mi comadre Nohema. Debía de ser muy tarde porque mi compa Francisco ya había cerrao. El cielo despejao..., el clima tibio, ...la calle sola... y el arenal que invitaba. Me venció el sueño y allí me tendí a la intemperie y no tardé en ponerme a soñar que Roberto me estaba afeitando. Sobrino, déjeme la cara como la piel de un niño, porque voy ponde usted ya sabe. ¡Que barbera tan suave se tiene! ¡Cuidao, carajo, que me desmocha el bigote! -grité alarmao y me desperté del brinco-. El perro que me estaba lambiendo la cara pegó también la estampía...".

Y el grupo de trasnochadores aplaudía con regocijo en espera de nuevas historietas o a lo mejor del obsequio de una sentida canción. Y retomando a Pacho, le cuento que sus hijos varones fueron Roberto. Enrique, Ramón y Julián. El intelectual de la familia indudablemente fue Ramón. Los dos primeros, en cambio, se dedicaron a un trabajo más prosaico: la carpintería; pero a ratos pintaban paisajes rústicos y figuras bíblicas con las que decoraban la iglesia parroquial, no importaba que los ángeles les quedaran a veces bizcos o los profetas demasiado cabezones. A mí, de niño, me encantaba refugiarme en la carpintería de Enrique después de que salía de la escuela y allí me solazaba acostándome sobre el montón de crespos de madera que saltaban de las tablas cepilladas o contemplando con embeleso los prodigios que lograba el pincel del carpintero sobre las engomadas telas, mientras aspiraba con delectación las aromas de aceite de banano con que se mezclaba el dorado en polvo.

En alguna ocasión encontré en el taller un cuadro bastante raro abstracto tal vez, se diría hoy, y enmarcado con mucho esmero. Lo había pintado Enrique. Contenía una capa de pintura gris, lisa, sin detalle alguno. Al centro, en la parte superior emergía de ella un picacho del que salía un grueso chorro de humo. No mostraba más el paisaje. Pero al pie de la vitela había un ostentoso letrero: Las ruinas de Pompeya. Miré y miré el cuadro sin encontrar una explicación hasta que al fin me animé a preguntarle al autor qué significaba aquello. Con aire de triunfo me refirió entonces que el Vesubio, volcán que queda a pocos kilómetros de Nápoles, había tenido su primera erupción en el año 79 -antes de la era cristiana- y que había destruido tres ciudades entre las que se contaba Pompeya, en donde tenían los romanos sus quintas de recreo. "Bueno, del volcán no hay duda. Lo veo. Está ahí -le dije-. Pero. Pompeya. ¿donde está?". "¿Pompeya? ¿Las ruinas de Pompeya? Pues ahí debajo -replicó con expresión persuasiva- Sepultadas bajo esa capa de ceniza y lava. No has visto en un trapiche cómo le echan los ramillonaos de miel hirviente a los moldes de la panela? Pues así cubrió el Vesubio los edificios, las calles y las plazas, las personas y los animales, en esta ciudad. Y aquí está todo". Abrego, golpeando con el índice la vitela. Eso me hizo pensar en que Enrique con su gruesa brocha había sido más cruelmente devastador que el Vesubio mismo en la auténtica Pompeya.

- Muy pintorescos estos episodios.

Realmente. Guido. Reflejan la vida comarcana, amena y sin complicaciones de una época que debemos considerar como extinguida.

Y volviendo al tema de la pintura, hace algunos años leí que Paúl Gauguin, pintor francés, que se destacó por su estilo de intenso colorido y simplificación de las forma y que murió en Tahití a principios de este siglo, realizó la obra más extraordinaria en las paredes de la choza en que vivió "Despertar de la creación" , creo que la tituló. No estoy seguro.

Aquellos valiosos murales fueron destruidos por los ignorantes nativos que le prendieron fuego a la casa por miedo al contagio. Esa lectura me hizo reflexionar en que en La Playa, respetadas las distancias correspondientes, kilométricas por cierto, también tuvimos un Gauguin criollo y fue mi tío Nicolás Pérez, quien utilizando lápices de carpintería y las paredes como elementos de dibujo, por propia inspiración llenó la casa de paisajes que representaban aldeas, granjas, ríos y a veces panoramas de apretujadas ciudades como de tipo marroquí. Esto da tema para meditar en cómo se han malogrado en nuestro medio, talentos que si hubieran contado con ayuda y orientación posiblemente habrían descollado en diversas ramas de las bellas artes. Pero involuntariamente me he zafado del hilo que venía siguiendo sobre los hechos que merecen destacarse para una posible monografía de la población. He retrocedido por lo menos a 1920.

- Eso está bien. Ha sido una exposición de motivos lugareños, sencillos pero divertidos. Mencionó usted el humorismo como una característica de nuestros paisanos...

¡Ah, si! y cómo abunda: festivo, chistoso y satírico, mamagallista casi siempre. Vaya una muestra. Por allá en 1942, para trasladarse de La Playa a Ocaña, era necesario ir a coger carro en Chapinero. Teníamos entonces de alcalde a don Luis García Rey, persona de maneras muy afables, incapaz de ofender o causarle daño a nadie. Todos los sábados él hacia este viajecito porque en Ocaña tenía a su media naranja y los diez kilómetros hasta Chapinero los recorría montado en una mulita roma que mi abuelo Pacho Pérez le alquilaba. Era la única cabalgadura disponible y por lo tanto indispensable. Un lunes el alcalde le confiscó en la calle a Ñofo el machete con que iba a cortar el pasto para la mula.

El abuelo Pacho se presentó en la alcaldía a hacer el reclamo:

"Señor alcalde: devuélvame el machete que le decomisó a mi nieto. Es una herramienta de labranza y la necesito para picarle el pasto a la roma".

"Que quiere; don Pacho. Usted sabe que el machete es un arma, y el porte de armas está severamente prohibido. Dé gracias porque no se le multó".

"Pero la mula se va a morir de hambre".

- "Pues no la mantenga en pesebrera. Suéltela en el potrero y así ahorrará usted preocupaciones"

Y transcurrió la semana sin que variaran las circunstancias, con la puntual visita diaria del abuelo a la alcaldía y los mismos resultados negativos. Pero el sábado fue don Luis García quien visitó al viejo.

-"Buenos días, don Pacho".

-"Los veo muy buenos, señor alcalde. Apropiados como para ir a Ocaña a visitar la esposa".

-"Precisamente a eso venía".

-"Lo había adivinado. Pero la mula no podrá viajar hoy. Está muy débil. No he tenido con que picarle la ración. ¿Se acuerda usted del machete?"

-"¡Ay, don Pacho! No le dé tanta importancia a eso. No sea malito. Fléteme la mula".

-"Lo comprendo, señor alcalde. El día está muy provocativo y usted quiere viajar en algo muy fino tan suave como la roma".

-"Desde luego: y se lo agradezco".

-"Pues le doy una fórmula ensille usted el machete y se va montado en él".

- Don Pacho, me cuentan, era tremendo.

- De una agudeza apabullante ¡Que papel tan extraordinario habría desarrollado ese hombre en el congreso, por ejemplo, si Dios lo hubiera encarrilado por esos senderos! Porque contó con talento, dialéctica natural y probidad indiscutibles. Nuestro pueblo, Guido, fue fecundo en varones venerables cuya sola presencia infundía respeto. Pueblo de patriarcas, calificaba a La Playa Monseñor García Benítez, obispo de Santa Marta, y por esta misma apreciación, el prelado se oponía a que se le erigiera en cabecera municipal, temeroso de que la mezcla de los naturales con gente extraña que invariablemente habría de traer el tren administrativo desfigurara aquel ambiente sencillo en el que se disfrutaba de sana alegría y de una cordialidad ejemplar. Esta atmósfera moral fue factor fundamental para que La Playa, en el transcurso de pocos años, se constituyera en la parroquia levítica de la diócesis, título que justamente merece por el copioso número y la excelente calidad de sacerdotes que ha producido. Acerca de este tema son muchas las facetas que se podrían mencionar y extender; pero entre tantos atributos de esta raza privilegiada que despiertan mi admiración, citaré de paso uno, que bien vale la pena destacar: la hombría de bien. Y para ello me bastará narrarle una anécdota de comprobada autenticidad.

- Lo escucho con interés, don Benjamín.

- Bien, mi abuelo Atanasio Pérez y don Antonio Velásquez -papá de nuestro común e ilustre amigo el padre Alcides Velásquez- vivían en las afueras de la población en finquitas colindantes de las que extraían lo indispensable para llevar una vida austera y sin pretensiones. Como vecinos que eran, los unía una estrecha y cooperadora amistad. Cualquier día se presentó don Antonio en casa de mi abuelo y tras los saludos de rutina abordó de inmediato el motivo de su visita.

- "Don Atanasio, he venido a devolverle el dinero que me prestó en días pasados. Aquí lo tiene. Cuéntelo, hágame el favor". Y le extendió un fajo de billetes y un cartucho de monedas de oro.

- "¡Don Antonio! -exclamó mi abuelo sorprendido- No puedo recibirle esa plata. No recuerdo habérsela prestado".

- "Pues yo tampoco puedo retenerle porque tengo le seguridad de que es suya. Recuerde el día y las circunstancias en que me la facilitó".

- "No, don Antonio. Mi conciencia me impide tomar para mí lo que yo considero ajeno"

- "Pues yo no regresaré a mi casa con este dinero, convencido como estoy de que es suyo. No podría dormir tranquilo".

Y así continuaron en su amistosa y recíproca obstinación, el primero negándose a recibir y el segundo insistiendo en devolver. Hasta que al fin decidieron acudir al párroco para que dirimiera la insólita controversia. Debía de regir entonces los destinos espirituales de la comarca, el presbítero Alfredo Sánchez Fajardo, exquisito poeta quien legó al parnaso páginas muy tiernas e inolvidables. La biblioteca de autores ocañeros en buena hora lo ha rescatado del olvido. El sacerdote aconsejó una fórmula que las partes aceptaron con alivio, sintiéndose liberadas de tan complejo compromiso, fue la de que aquel dinero se invirtiera en ornamentos o imágenes de que carecía la incipiente y mal provista parroquia.

Y no hay duda de que se le dio el destino indicado porque de ello, también del episodio, aparece constancia en los archivos de la curia y de allí tomó la nota el padre Luis García Benítez para relatar esta historia en la monografía de la parroquia de La Playa que apareció por entregas en el boletín diocesano de Santa Marta, por allá en la década del 30.

- Realmente nuestro pueblo era de patriarcas.

- Cierto, Guido. Era. Habría que escudriñar en la región para saber cuánta gente queda de esos kilates. Y hecho este amable paréntesis, prosigo con mi transcurrir allá, porque ello me facilitará el desempolvar fechas de acontecimientos relativos a la comarca. Muy pronto me fastidié de monotonía aldeana y resolví soltar amarras y emigrar de nuevo, esta vez con rumbo a Cúcuta. Mi estada en la capital del departamento fue transitoria. No estaba el palo para cucharas. El clima político me obligó a regresar a mi pueblo pero provisto de un nombramiento de maestro de escuela. Era director de educación don Hernando Urquijo y asesoraba como secretario general don Leonardo Molina Lemus, ambos muy sobresalientes en el panorama intelectual ocañero. Desempeñando el cargo me propuse, con ayuda de los alumnos, transformar en las hora libres la desértica plaza parroquial en un atractivo bosquecillo. Y lo logré. El necio afán de reformar imitando a veces con muy mal gusto lo que se ha visto en otras partes, mandaría más tarde mi obra al cuarto de reminiscencias, al ser destruido el parquecito con el pretexto de remodelación.

En esa época se desató en toda la comarca una devastadora epidemia de tos ferina. Morían cuatro, cinco, seis muchachitos diariamente. Herodes invisible e implacable, vagaba por el pueblo y las veredas. Angustiado pedí telegráficamente ayuda al Ministerio de Higiene a Bogotá. Y respondieron enseguida disculpándose de no poder envía enfermeras pero anunciándome el despacho por correo de suficiente provisión de vacuna pertussis. Provisto de ella y de una jeringuilla empecé a recorrer las zonas afectadas aplicando el tratamiento. La medicina había que emplearla en cuatro dosis; pero a partir de la segunda el enfermo se agravaba. Así lo advertían las instrucciones que contenían los marbetes de los frascos, como una reacción natural. A pesar de esta prevención, muchos padres de familia se opusieron a que la vacunación a sus hijos continuara. A esos muchachos hubo que conducirlos al cementerio en cajita blanca y al compás de orquesta como entonces se estilaba. Pero en otros si se completó el tratamiento. Y se salvaron, entre ellos, cuatro hijos míos. Muchas de esas criaturas deben de andar hoy día convertidas en respetables personas, ignorando por completo de qué medios se valió Dios para prolongarles la vida.

- Servirle a la comunidad reporta satisfacciones.

Indudablemente. Otra actuación mía, recuerdo con agrado por los resultados inmediatos y benéficos que le produjo a la región. Y el caso fue que el gobierno nacional se hallaba empeñado en aplicar un programa de ajuste económico en todo el país y entre las medidas adoptadas expidió una por la cual prohibía la exportación de la cebolla, considerándola como articulo de primera necesidad. El desconcierto en la comarca fue tremendo. La frenada desde luego se produjo bruscamente en Barranquilla y el golpe para la economía playera fue mortal. Nadie daba un peso en Ocaña por un bulto del producto y en la costa los cargamentos se pudrían estancados en las bodegas sin posibilidades de embarque para tos Estados Unidos. Por casualidad acerté a presentarme en el depósito de mi inolvidable amigo don Francisco Arévalo, en momentos en que allí se efectuaba una reunión de los notables del pueblo con los magnates cebolleros de La Piñuela. Me informé de la angustiosa situación. Don Ismael Arévalo agitaba un legajo de mensajes apremiantes de Barranquilla. Pero el problema se erguía insoluble. Era la cuadratura del circulo. La Playa, en el ostracismo político en que se hallaba, se sentía indefensa, no tenia a donde volver la mirada. Se me ocurrió entonces una idea luminosa. Durante mi breve estada en Cúcuta, accidentalmente yo había cruzado correspondencia con el doctor Alirio Gómez Picón, quien entonces ocupaba el cargo de embajador en Quito. En la fecha de que me ocupo, ya se encontraba en Bogotá como Ministro de Comunicaciones. ¡He aquí al hombre! pensé. Aliriohabía iniciado su brillante carrera política en Ocaña y conocía palmo a palmo los problemas de la Provincia. "Si ustedes contribuyen con el porte del telegrama - les dije a los concurrentes- yo confío en resolver esta dificultad en cuestión de horas. Recurriré a Gómez Picón".

-"Redacte el mensaje de una vez y que Roso lo lleve en seguida al telégrafo. Yo lo pago" -exclamó don Francisco-. Así se hizo. La tensión reinante aflojó y la reunión desembocó en una optimista tertulia entre chascarrillos, humo de tabacos caros y el atropellado descorchar de botellas de aguardiente. Dos días después tuve la alegría de recibir la respuesta del ministro quien me comunicaba la exclusión de la cebolla de la prohibición anotada y me transcribía la parte pertinente de la resolución ejecutiva por la cual quedaba liberado el producto. Se les comunicó de inmediato la grata nueva a los interesados en Ocaña y Barranquilla y hubo otra vez descorche de botellas y alboroto de cohetones para festejar el suceso. Al día siguiente, domingo, yo tuve la ingenua vanidad de copiar sobre un tablero de la escuela el telegrama de Bogotá y exhibirlo en una esquina de la plaza parroquial para información de los campesinos que en numero considerable acudían a la misa mayor. Esto me granjeó las murmuraciones desapacibles y desde luego injustas de algunos despistados que no comprendían porque yo, como conservador, recibía esa clase de atenciones del caudillo liberal.

Como maestro de escuela, descubrí en uno de mis alumnos excepcionales condiciones de inteligencia y aplicación. Me interesé bastante por él y se me ocurrió escribirle al doctor Jorge Eliécer Gaitán, entonces ministro de educación, pidiéndole ayuda para que el muchacho pudiera hacer sus estudios secundarios. El doctor Gaitán no arrojó a la canasta de los papeles desechables mi solicitud y le facilitó al jovencito muy ampliamente su ingreso al colegio José Eusebio Caro, de Ocaña, en donde inició su bachillerato. Pero mi recomendado no respondió. Perdió lastimosamente el año y meses después se marchó a Barranquilla. Nunca volví a tener noticias de Orlando Pérez Arenas.

- No estuvo a la altura de la oportunidad que se le brindaba.

- Desde luego, Guido. A la ocasión la pintaban calva, dice el refrán. Bien. Le hablé antes de que La Playa contaba en esa época con transporte de automóvil, pero en las temporadas de verano, cuando se podía aprovechar como carreteable el cauce amplio, arenoso y seco del playón hasta su desembocadura en el río Algodonal. El servicio obviamente se interrumpía en la época de lluvias. Nadie se habría arriesgado a exponer carro y pasajeros a una sorpresiva avalancha del playón. Estas avenidas son de poca duración pero peligrosas y espectaculares por los encrespamientos del agua al socavar el lecho arenoso, lo que posiblemente la hace retroceder a intervalos durante veinte o treinta segundos, dando lugar a que se formen anchos cordones de imponentes olas que braman como un mar enfurecido. Este fenómeno que no he visto en ninguna otra parte, allá se conocía con el nombre de carneros.

Se pensó de consiguiente en construir un ramal de carretera por tierra firme recurriendo al ya conocido sistema de acción comunal que en La Playa ha dado siempre tan buenos resultados por el espíritu cooperador de su gente. Era personero municipal Francisco Ascanio y él se encargó de realizar a ojo el trazado y de dirigir a los obreros. Tuvo el cuidado de no penetrar con la ruta en las plantaciones de cebolla: y en los sitios, como "El Carrizal", donde una colina rocosa se interponía, hizo la desviación aconsejable y dejó señalada con estacas la vía que él consideraba definitiva y que habría de abrirse más tarde cuando se contara con una máquina pesada que permitiera remover el infranqueable tapón.

Y es algo maravilloso. Cuando años después el doctor Pabón Núñez, siendo gobernador, envió a un ingeniero a que rectificara ese carreteable y continuara la vía hacia Hacarí, dicho ingeniero tuvo que arrancar las estacas que Ascanio dejara y clavar en los mismos huecos las señales que el teodolito imponía. El trazado de Ascanio fue respetado casi en su totalidad y es el mismo que hoy se utiliza. Estoy seguro de que él, persona de conocimientos elementales, nunca habría oído hablar de topografía.

- Parece que en cada agricultor playero hay un ingeniero en potencia.

Indudablemente, Guido. ¿Y sabe usted que circunstancia les ha aguzado el ingenio? La necesidad de conducir el agua desde vertientes lejanas hasta las parcelas de cebolla, por tomas que culebrean esquivando áridas laderas o abrazándose a veces a los rudos peñascos.

Quedamos, pues, en breve tiempo enlazados con la carretera central pero nos preocupaba aún un obstáculo por lo pronto insalvable el río Algodonal. De cómo se solucionó este problema, le hablaré más adelante, para no festinar acontecimientos Debo aclararle algo


- Usted dirá, don Benjamín.

Todos estos datos que he venido dándole, no están sujetos a orden cronológico alguno. Los he mencionado a medida que afloran en mi memoria.

- En orden o no, don Benjamín, lo que me ha narrado es un aporte maravilloso para una monografía de La Playa. Es historia. La auténtica historia de nuestro pueblo.

- Que con verdadero sentimiento de mi parte, en lo que a mis experiencias, observaciones y recuerdos se refiere, tendré que interrumpir casi en seguida por una sencilla razón: el 22 de julio de 1944 me alejé quizás definitivamente de La Playa. Iba promovido al cargo de profesor del colegio Quintero Calderón de Convención. El tiempo y la distancia se encargaron de interponer una barrera entre mi pueblo y yo, barrera que desconectó con ese apacible y encantador transcurrir de su vida provinciana.

En Convención fui muy bien tratado. Tengo imborrables y muy gratos recuerdos de esa pequeña ciudad y de su gente. Mi vida allí fue más activa en lo intelectual. Y tuve el privilegio de ser honrado con la amistad y el apoyo de personas muy valiosas que llevo muy adentro, en el corazón: Monseñor Pedro Antonio Navarro, don Sixto Reyes Peinado, José María Peláez, Pedro Helí Rincón, José de Dios Moreno. José Manuel Pérez Barrios, Ramón Vergel Vaca, Carmelo Mendoza Picón, el doctor Bougard, Elías Pérez Ramírez, los padres José Antonio Santiago, Peláez Herrera y Estanislao Salazar, en fin, muchas personas más... Hablar de su prestancia y señorío requiere un capitulo especial. Trabajé en el colegio durante cuatro o cinco años, los tres últimos en condición de rector. Por ahí a principios de 1950 fui llamado a Cúcuta por el gobernador Dr. Pabón Núñez a dirigir la educación secundaria del departamento. Ya el conservatismo había recuperado las riendas del gobierno y para los pueblos como La Playa se abrían nuevas perspectivas. Un día me abordó en uno de los pasillos de la gobernación don Sixto Reyes Peinado, quien desempeñaba el cargo de secretario de hacienda departamental.

- "Oiga, Benjamín - me dijo - En su concepto cual es la obra que con más urgencia necesita La Playa".

- "¡Ay, don Sixto! - exclamé con expresión de ruego - El puente sobre el río Algodonal. El puente... el puente.
La obra fue rápidamente proyectada y su ejecución contratada por la suma de ciento cuarenta y cinco mil pesos. Eran plata entonces. Fue diseñada de tipo colgante pero apropiada para resistir el paso de vehículos pesados. La Plata alcanzó para la construcción de los muros en el vado que presenta el río arriba de "El Guayabal", en el punto de Chapinero, y la ejecución se paralizó por la falta de fondos.

Transcurrieron algunas semanas y un día cualquiera se presentó en mi oficina el ingeniero encargado de rectificar la carretera de La Playa y de trazar la de Hacarí.

- "Vengo de su tierra -me dijo y le traigo una noticia".

- "Hable a ver..."

- "Acabo de descubrir una garganta en el río Algodonal y está pilado construir el puente allí, a bajo costo, sobre estribos naturales de pura roca y con un arco que ninguna crecida del río podrá nunca rebasar. Lo único que quedaría por hacer es un ramalito de carretera, algo así como un kilómetro, que empalme con la que está en servicio. Pero de eso me encargo yo incluyéndolo en el plan de la Provincia. Le construyo ese puente por un valor de treinta mil pesos si me consigue hoy mismo diez mil que necesito para pagar obreros que están esperándome".

- "No se mueva de aquí, por favor. Aguarde media hora, una hora, lo que sea necesario. Voy a ver si la suerte me ayuda y desato ya este nudo gordiano".

Me trasladé en segundos al despacho de don Sixto Reyes y le conté la historia.

- "es una buena solución -me comentó- y tiene todo mi apoyo. Pero quien debe decir la última palabra es el gobernador. Hable con Lucio".

Llevándome casi a la gente por delante en los pasillos, me fui a su despacho y de una vez le expliqué la situación. El doctor Pabón Núñez me escuchó con interés y con ese espíritu decisorio y constructivo de que siempre ha hecho gala, me dio luz verde en seguida.

- "Baje con el ingeniero -me dijo- y dígale a don Marcos de parte mía que les entregue los diez mil pesos y los cargue al plan de carreteras del sector de Ocaña. Encárguese usted mismo de legalizarle los papeles".

Don Marcos Estrada ejerció el cargo de tesorero general del departamento. Era un viejo de porte distinguido pero el mayor cascarrabias que yo haya conocido en los últimos sesenta años. Yo lo definía diciendo que corría uno menos riesgo pisándole por equivocación el rabo a un tigre dormido que tratar de persuadir a don Marcos de algo que no fuera de su simpatía. Llevaba una contabilidad a su acomodo, con apuntes en papelitos: y si alguna visita fiscal recibió en alguna ocasión, esta debió ser simbólica porque estoy seguro de que si hubiese sido en serio, el visitador habría salido de la oficina con las cajas bien destempladas. Pero tenía fama, además de su honradez, de ser un verdadero mago de las finanzas.

El tesorero me miró con expresión maliciosa.

-"¿Sabe usted lo que son diez mil pesos?" - me preguntó con evidente mordacidad- Ese es todo el caudal con que cuenta hoy el departamento. Están a su disposición si usted se arriesga a que el gobernador, los secretarios y usted mismo se queden sin sueldo en el presente mes.

- "De acuerdo, don Marcos. Me arriesgo" - respondí a sabiendas de que la amenaza no sería efectiva.

El ingeniero firmó un comprobante, recibió el dinero no recuerdo si en cheque o en efectivo y... trámite concluido. Unos veinte días después me llegaron las primeras fotografías del puente. Estaba la obra todavía con las formaletas instaladas. Pero era puente. Su inauguración se efectuó algún tiempo después y a ese acto apenas asistieron unas cinco personas, el doctor Pabón quien había viajado desde Bogotá donde se hallaba en uso de licencia. Erasmo Alvarez y Jorge Ferrero Lemus. Del lado de La Playa, el padre Velásquez y su hermano Emilio. Indudablemente a mis paisanos no se les dio aviso con tiempo y eso explica la falta de concurrencia. Este puente queda sobre la estrechura del río en el sitio donde se abre el ramal de carretera que separándose de la central del norte -sector 4o - se dirige a La Playa. Su aspecto no es de maravilla. Pero su estructura es muy firme, confiable; y solucionó de por vida un problema que venían padeciendo desde tiempos lejanos no solos habitantes de La Playa sino también los de Aspasica, Hacarí. El Cincho y las regiones que constituyen esos territorios. Citaré un caso cualquiera, por ejemplo. Cuando en La Playa había un enfermo muy grave, era despachado hacia Ocaña a traer las medicinas de urgencia uno de esos famosos camineros que entonces existieron, verdaderos corre-leguas como Tulio Manzano o Daniel Armesto. Este adquiría los remedios en la ciudad y al regreso en "El llano de los alcaldes" se encontraba con la sorpresa de que el Algodonal le atajaba el paso con una fenomenal creciente que a veces duraba horas y horas en bajar. Al llegar por fin al pueblo hallaba al paciente elegantemente estirado sobre una mesa, en medio de cuatro cirios.

- ¿Y sabe sabe que lamento ahora, Guido?

- Diga usted, don Benjamín.

- Pues haber olvidado el nombre del ingeniero. Valdría la pena que en la lista de los bienhechores de nuestro pueblo, figurara ese nombre.1/

Sólo recuerdo que era yerno de esa magnífica locutora y mujer de letras, llamada María Vera de Marcucci quien dirigió en La Voz de Cúcuta un programa dominical titulado "Hora de Variedades" durante muchos años. Agregaré algo más. Semanas o meses después, falleció en Bogotá en un accidente de tránsito don Erasmo Alvarez, representante a la Cámara. Dentro del articulado del decreto de honores, la gobernación dispuso que nuestro puente ostentara el nombre de "Erasmo Alvarez" y como tal se le instaló la placa correspondiente. Pero esta duró muy poco. Unos ocho días cuando más. Algún malqueriente la arrancó de su sitio y la lanzó posiblemente a las mismas aguas del río. 2/

1/ Una placa instalada en el puente lleva el nombre del ingeniero Luis E. Guerrero
2/ La Placa se conserva. Fotos: Álvaro Claro Claro

- Me deja usted meditando en lo que me ha referido.

Historia, Guido, historia como usted dice. Bueno. No me detendré a explicarle como pasé los cuatro años de mi estada en Cúcuta.

Sencillamente le diré que bien, muy bien. Quiero mucho a esa ciudad y allá nacieron varios de mis hijos. En octubre de 1954, era yo jefe de personal de la Contraloría Departamental cuando fui nombrado por el doctor Pabón Núñez, jefe de negocios generales del Ministerio Gobierno, un cargo muy sobresaliente dentro del panorama administrativo nacional. Posteriormente me hizo el honor de encargarme de la Secretaría General del mismo ministerio. A este insigne amigo me unen lazos de firme amistad y gratitud. Su ayuda me fue valiosísima; no solo a mí, sino a mis hijos que en forma indirecta fueron los que salieron beneficiados, especialmente en el aspecto educativo. En Bogotá tuve oportunidad de trabajar por la creación de la Diócesis de Ocaña. Igualmente colaboré con mis gestiones en forma discreta pero efectiva en la planeación del aeropuerto de Aguas Claras. Y así me constituí forma eventual en personero de las inquietudes de diversos municipios del departamento y cosa curiosa, menos de La Playa. Esa gente nunca pide nada. O lo hace por un mal fundado orgullo o porque se acostumbraron a que el progreso les llegue espontáneamente.

- Quizás por lo primero.

Desde entonces, es decir desde 1954, he permanecido en Bogotá, exceptuando algunas temporadas durante las cuales he residido en Estados Unidos. Creo que he llegado al final de la proyección de la cinta, Guido... Y como se estila en las entrevistas, yo le diré ahora: ¿Alguna pregunta más?

- Claro que sí. En ello estaba pensando. ¿Qué relación lógica encuentra usted entre la localidad erosionada de La Playa y el término estoraque?

Pues verá. La palabra estoraque es muy antigua. La encuentro citada ya por Moisés, el gran legislador y profeta del pueblo israelita en el primer libro del Pentateuco. En efecto, en el capítulo XLIII, versículo 11 del Génesis. Moisés refiere que Jacob les ordenó a sus hijos volver a Egipto por víveres y que de paso le llevaran al prodigioso ministro que en el primer viaje los había atendido y que no era otro que su hijo José, regalos que consistían en "frutos de los más exquisitos de esta tierra, ...un poco de resina y de miel. y de estoraque, y de lágrimas de mirra y de terebinto, y de almendras".

Imagino que el producto codiciado del estoraque debe de ser una resina, algo así como la mirra o el incienso, propia para aromatizar el ambiente de las mansiones, y que ésta era de muy alta calidad, se da por sentado, ya que fue escocida para ser enviada como un presente de primera a José. ¿Del árbol que la produce hubo algunas muestras en la región de La Playa? Es probable. Algún sacerdote europeo o cualquier peregrino pudo traer las semillas de palestina o de cualquier otro sitio del oriente lejano. El medio ecológico playero es muy parecido al de Israel por lo desértico y escaso de agua. Al estoraque le habría sido fácil aclimatarse. Ya vimos antes, que tuvimos plantaciones de morera para los gusanos de seda y este árbol es originario de China. En "El Juaguito" localicé hace años un arbusto que produce una flor de color amarillo y de un olor penetrante pero muy agradable. Se llama aromo y es simplemente el espinilla, muy utilizado en Argentina para la fabricación de un perfume exquisito que se conoce precisamente con el nombre de aroma de espinilla.

Si, el estoraque existió en nuestro medio se extinguió o permanece disimulado con otro nombre. Hoy día la palabra estoraques, como es bien sabido, sirve para señalar un portentoso parque natural, de edad milenaria, cercano a La Playa, formado por torres, fachadas de catedrales, columnas, estatuas, edificios mutilados y otras extrañas figuras que la erosión, tenaz e invisible arquitecto, modeló dejando un espectacular paisaje que nunca nos cansamos de admirar y estimula nuestra vanidad de playeros. Pero así como un campesino bautiza su finquita con el nombre de Estambul, El Tiber o Balmoral, sin saber exactamente que significa, cualquiera de nuestros bisabuelos proverbialmente asiduos lectores de la Biblia, pudo encontrarse con la palabra en el Génesis, le gustó y caprichosamente se la aplicó a las formaciones naturales que acabo de mencionar. Pero entre lo que literalmente significa estoraques y lo que en La Playa actualmente representa, no hay relación lógica alguna.

(Tomado de la obra "La Playa de Belén")